Caer rendido ante la posibilidad de no ser nadie.
Renunciar al amor y a sus infinitas posibilidades.
Plantar un árbol.
Escribir un libro.
Lo de tener hijos, ya no lo veo...
Me aferré tanto a ti,
a la falsa sensación de que te necesitaba por encima de mi,
que olvidé el color de la tierra,
el azul de la brisa que me calaba hasta los huesos
y deshumanizaba el tinte de mis labios.
Sólo me quedaba el tono sangriento de la angustia
resbalando gota a gota por mi nariz,
las vistas al médico, las palmadas en la espalda,
los abrazos con lástima más falsos que mi propia sonrisa.
Ya no pensaba en recuperarte, ni si quiera en recuperarme a mi.
Cuando te aferras tanto a alguien, y este desaparece, ¿qué queda de esa realidad?
Te llevaste ese secreto a la tumba.
Esa noche no dormí,
al salir el primer rayo de sol salí cual loca,
vestida tan sólo con aquel trapo blanco
tantas veces testigo de nuestras fantasías,
en dirección a nuestro bosque.
Hace años habías enterrado la esperanza de un amor, dos nombres escritos que juntos pronunciados, nadie entendería.
Cavé, cavé,
cavé hasta perderme.
Debajo del árbol no había más que tierra mojada,
y al ir a contemplar mis manos carmesí,
llegó a mis oídos el suave azul de la brisa
que me invitaba a dormir...
A dormir...
Es pronto para mi, dijiste.
''Levántate mi niña,
que nunca es tarde para vivir''
Socram Photo&Phobia.

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