¿Y de qué ha servido? De poco. De nada. Otra espantada más. Siembras sonrisas y recoges ganas de llorar. Pero no lloras. La incomprensión no te deja. No se puede llorar lo que no se entiende.
Sigues mirándote en el espejo. Todavía más abajo. Estás buena. Y lo sabes. Estás buena aun con michelines, aun con el pelo sucio, aun con la nariz de tu abuelo. Estás buena por fuera, pero sobre todo por dentro. Eres buena, aunque a veces te canses de serlo. Aunque te sientas como la pringada del cuento. Como la protagonista de una viñeta de Moderna de Pueblo. Aunque te sientas como la rosa tras la vitrina de La Bella y la Bestia. Aunque a veces te entren ganas de gritarle a alguna bestia sin corona que, si te coge entre sus manos peludas, no te quedarás calva de pétalos. Que ser sensible no es lo mismo que ser frágil. Que enamorarse no es perder el juego. Que la ilusión es peligrosa porque te infla como un globo, pero el miedo lo es porque te deja sin aire.
Vuelves a mirarte. Un poco más a los ojos. Todavía un poco más adentro. Eres tú. La niña, la adolescente, la mujer. La pisada y repisada. La resurgida. La que dijo sí mil veces, pero un día dijo no. Eres ese no. Eres el portazo. Eres esa vez en la que decidiste que “hasta aquí”. Da igual que otras veces hayas perseguido lo imposible, que hayas metido la pata (y lo hayas disfrutado), que hayas insistido hasta sentirte ridícula, que hayas cruzado el límite entre la paciencia y el autoengaño.
Dan igual el resto de 10 mil y pico días. Hoy es hoy. No es ayer, no es mañana. Hoy el mundo puede seguir sin sapos, sin bestias, sin coronas. Hoy eres una princesa-guerrera con una sonrisa por espada (y con un nombre más bonito que Xena). Es una sonrisa que no es complaciente, no quiere agradar. Es una sonrisa que cura, que celebra, que recuerda. Es una sonrisa que se ríe de todo aquel que te dejó marchar. Que se despide de ellos, porque todos lo que se marchan, no se quedan, y todos lo que no se quedan, no te valen.
Te miras por fuera y por dentro, tan cerca del espejo que empieza a empañarse con tu respiración. Te pintas la sonrisa de algún color feliz y te repites eso que tan bien sabes pero que casi siempre olvidas. Eres lista, eres guapa, eres importante. Y aquello otro… ¿cómo era? Ah, sí. No soy yo, eres tú
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